dissabte, 22 de setembre del 2012

Otoño

Lo que no te mata, te hace más fuerte. Y hace ya demasiado tiempo que decidimos que no íbamos a morir.

La libertad sabe a té con leche y juega con las manos.

Se escuchan pasos nuevos por el pasillo de parqué.

"El sol, tanto tiempo velado por las nieves y las nubes, parecía un objeto recién hecho..."


divendres, 6 de juliol del 2012

Mark Strand llegó en verano

BURY YOUR FACE IN YOUR HANDS

Because we have crossed the river and the wind offers only a numb uncoiling of cold and we have meekly adapted, no longer expecting more than we have been given, nor wondering how it happened that we came to this place, we don't mind that nothing turned out as a we thought it might. There is no way to clear the haze in which we live, no way to know that we have undergone another day. The silent snow of thought melts before it has a chance to stick. Where we are is anyone's guess. The gates to nowhere multiply and the present is so far away, so deeply far away.

Mark Strand, Almost invisible (2012).

dimarts, 15 de maig del 2012


Estaban amarillos los álamos de la islita y se fueron poniendo grises hasta que parecían el fondo medio borrado de un dibujo. A cada paso de personas que oía detrás de mí, estaba esperando que fuera él y que viniera a ponerse de codos allí a mi lado, pero casi siempre era gente con burros, o mujeres que volvían del arrabal andando de prisa. Me quedé allí hasta que tuve un poco de frío.  

Carmen Martín Gaite, Entre visillos.

dimarts, 8 de maig del 2012

Merodeando en Women's Writing in Post-war Spain



Cuando tardaba en dormirme –siempre tardaba en dormirme más que mi hermana- y las estrellas empezaban a subir por dentro de mis párpados como volutas de cigarrillo turco, el cuarto se mudaba en otro, había un teléfono, pero no el teléfono negro colgado en la pared frente al banco del pasillo, donde se recibían recados para mi padre […], no, lo tenía encima de la mesilla, allí al alcance de la mano, y era de color blanco: un teléfono blanco, la quintaesencia de lo inalcanzable. Además el cuarto era solo mío y, si encendía la luz, no molestaba a nadie, una habitación en el piso alto de un rascacielos, podía encender la luz, levantarme, darme un baño a medianoche, frotarme el cuerpo con productos de casa Gal, leer una carta que había recibido aquella tarde donde alguien, mirando el mar, decía que se acordaba de mí, vestirme con un traje de gasa, tomar el ascensor y salir a una ciudad cuajada de luces, pasearme sin rumbo entre transeúntes que te miran y no te miran, esquivar el riesgo de sus miradas, meterme en un café que se llamara Negresco con taconeo resuelto y gesto huidizo, pasar los ojos distraídos por los mármoles negros, las superficies cubistas y los espejos envueltos en humo, encender un cigarrillo turco, esperar.

Carmen Martín Gaite, El cuarto de atrás (1978).

dijous, 5 d’abril del 2012

Echo de menos el fotolog, qué pena.

De pie.
Para no enredarse con la sombra.
La sombra ensambla referencias
equívocas. Cabeza y rodilla,
por ejemplo. O peor,
hombro y objeto sanitario.

De pie.
Para abreviar.

(HILOS, Chantal Maillard)

dimarts, 20 de març del 2012

Magritte grita





Por cariño venderías tu alma al diablo;
Yo lo haría con cada gota de alcohol.

Si sabemos el fin, 
¿por qué no corremos en la dirección correcta 
desde que las flores rompen?
Estamos llenos, a punto de rebosar. Todos.





dimecres, 14 de març del 2012

La vida, a veces


La vida, a veces, es tan fatídica y tan frívola como descubrir que te has comparado un acondicionador de pelo con olor a coco. 

Después de una cola interminable,  más de 10 minutos, justo cuando estás a punto de ser atendida y mientras te entretienes descifrando las mentiras que caracterizan a estos productos en su parte trasera, lees “Go with the coconut”. Y ahora ya no tienes escapatoria. Te gustaría correr por los pasillos hiperiluminados del supermercado, gritar como una loca que te sientes engañada, pero, evidentemente, no lo haces. Te limitas a poner cara rara y buscar una vía de escape aun sabiendo con certeza que no la vas a tomar. Te mantienes en la fila y respiras hondo; casi disfrutas con la fatalidad de la vida materializada en su más estúpida superficialidad. Ya nos habías avisado de que la postmodernidad era esto, leímos incluso la postmodernidad explicada a los niños para poder estar a la altura. Pero no entendimos. Y es difícil asumir un menoscabo tal de tu identidad. Toda una vida odiando el coco y luchando porque te gustara en esa oscura parte de ti que ama las cosas de colores vivos y contrastados, como son el blanco y marrón del coco; para después caer en el engaño de un bote azul que promete la suavidad de tu cabello. Y quedarte petrificada.

Te gustaría explicárselo al cajero, mayor de 60, con un sueldo ridículo, que trabaja en un supermercado núcleo del templo del consumismo que es Inglaterra. Decirle que este mundo de colores empaquetados te ha fallado, todavía más. Que su lengua es un incordio y que el coco no se creó más que para ser observado. Reírte a carcajadas y que los colmillos se convirtieran, esta vez sí, en los de la sonrisa salvaje de un león bostezando.

Todo esto lo piensas cuando ya has recogido el tíquet y cargas con otra bolsa de plástico, con el acondicionador dentro, hacia la puerta de salida. Probablemente no vuelvas a pensar en ello hasta la próxima ducha. A partir de ahí la caída en la espiral se repetirá como un bucle centrípeto a rachas entrecortadas.