Cuando
tardaba en dormirme –siempre tardaba en dormirme más que mi hermana- y las
estrellas empezaban a subir por dentro de mis párpados como volutas de
cigarrillo turco, el cuarto se mudaba en otro, había un teléfono, pero no el
teléfono negro colgado en la pared frente al banco del pasillo, donde se
recibían recados para mi padre […], no, lo tenía encima de la mesilla, allí al
alcance de la mano, y era de color blanco: un teléfono blanco, la quintaesencia
de lo inalcanzable. Además el cuarto era solo mío y, si encendía la luz, no
molestaba a nadie, una habitación en el piso alto de un rascacielos, podía
encender la luz, levantarme, darme un baño a medianoche, frotarme el cuerpo con
productos de casa Gal, leer una carta que había recibido aquella tarde donde
alguien, mirando el mar, decía que se acordaba de mí, vestirme con un traje de
gasa, tomar el ascensor y salir a una ciudad cuajada de luces, pasearme sin
rumbo entre transeúntes que te miran y no te miran, esquivar el riesgo de sus
miradas, meterme en un café que se llamara Negresco con taconeo resuelto y
gesto huidizo, pasar los ojos distraídos por los mármoles negros, las
superficies cubistas y los espejos envueltos en humo, encender un cigarrillo
turco, esperar.
Carmen Martín Gaite, El cuarto de atrás (1978).