dimarts, 8 de maig del 2012

Merodeando en Women's Writing in Post-war Spain



Cuando tardaba en dormirme –siempre tardaba en dormirme más que mi hermana- y las estrellas empezaban a subir por dentro de mis párpados como volutas de cigarrillo turco, el cuarto se mudaba en otro, había un teléfono, pero no el teléfono negro colgado en la pared frente al banco del pasillo, donde se recibían recados para mi padre […], no, lo tenía encima de la mesilla, allí al alcance de la mano, y era de color blanco: un teléfono blanco, la quintaesencia de lo inalcanzable. Además el cuarto era solo mío y, si encendía la luz, no molestaba a nadie, una habitación en el piso alto de un rascacielos, podía encender la luz, levantarme, darme un baño a medianoche, frotarme el cuerpo con productos de casa Gal, leer una carta que había recibido aquella tarde donde alguien, mirando el mar, decía que se acordaba de mí, vestirme con un traje de gasa, tomar el ascensor y salir a una ciudad cuajada de luces, pasearme sin rumbo entre transeúntes que te miran y no te miran, esquivar el riesgo de sus miradas, meterme en un café que se llamara Negresco con taconeo resuelto y gesto huidizo, pasar los ojos distraídos por los mármoles negros, las superficies cubistas y los espejos envueltos en humo, encender un cigarrillo turco, esperar.

Carmen Martín Gaite, El cuarto de atrás (1978).