La vida, a veces, es tan fatídica y tan frívola como descubrir que te has
comparado un acondicionador de pelo con olor a coco.
Después de una cola
interminable, más de 10 minutos, justo
cuando estás a punto de ser atendida y mientras te entretienes descifrando las
mentiras que caracterizan a estos productos en su parte trasera, lees “Go with
the coconut”. Y ahora ya no tienes escapatoria. Te gustaría correr por los
pasillos hiperiluminados del supermercado, gritar como una loca que te sientes
engañada, pero, evidentemente, no lo haces. Te limitas a poner cara rara y
buscar una vía de escape aun sabiendo con certeza que no la vas a tomar. Te
mantienes en la fila y respiras hondo; casi disfrutas con la fatalidad de la
vida materializada en su más estúpida superficialidad. Ya nos habías avisado de
que la postmodernidad era esto, leímos incluso la postmodernidad explicada a
los niños para poder estar a la altura. Pero no entendimos. Y es difícil asumir un menoscabo tal
de tu identidad. Toda una vida odiando el coco y luchando porque te gustara en
esa oscura parte de ti que ama las cosas de colores vivos y contrastados, como
son el blanco y marrón del coco; para después caer en el engaño de un bote azul
que promete la suavidad de tu cabello. Y quedarte petrificada.
Te gustaría explicárselo al cajero, mayor de 60, con un sueldo
ridículo, que trabaja en un supermercado núcleo del templo del consumismo que
es Inglaterra. Decirle que este mundo de colores empaquetados te ha fallado,
todavía más. Que su lengua es un incordio y que el coco no se creó más que para
ser observado. Reírte a carcajadas y que los colmillos se convirtieran, esta
vez sí, en los de la sonrisa salvaje de un león bostezando.
Todo esto lo piensas cuando ya has recogido el tíquet y cargas con
otra bolsa de plástico, con el acondicionador dentro, hacia la puerta de
salida. Probablemente no vuelvas a pensar en ello hasta la próxima ducha. A
partir de ahí la caída en la espiral se repetirá como un bucle centrípeto a
rachas entrecortadas.
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